Lázaro Cárdenas, Michoacán
Afuera de la funeraria donde familiares y amigos despiden a Tatiana, la maestra asesinada dentro de una preparatoria del puerto de Lázaro Cárdenas, el silencio pesa y sólo se rompe para exigir justicia.
Su hermano respira hondo, mira al frente y habla con firmeza: “Lo único que pido es justicia, justicia por las maestras”, dice.
El crimen, cometido por Omar, un alumno de 15 años, dentro de la escuela preparatoria Antón Makárenko, no solo arrebató una vida, sacudió la idea misma de lo que debería ser un aula.
“Se supone que las escuelas son para enseñarnos, para formar personas, para llevar una vida mejor… no para esto”, expresa.
El hermano solo tiene una exigencia clara, que Osmar sea juzgado pero “como adulto… no como menor. Esa es mi inquietud”, señala y que enfrente la máxima pena posible.
Alrededor, familiares escuchan en silencio. Algunos lloran. Otros simplemente miran, como si aún no pudieran comprender lo ocurrido.
Tatiana, la menor de su familia, deja un vacío imposible de llenar. Su nombre ahora se pronuncia entre lágrimas, entre recuerdo que apenas comienzan a doler más que consolar.
El hermano intenta decir más, pero se detiene. No puede. El dolor lo alcanza. Y entonces, con la voz rota, cierra con lo único que le queda en pie: “Gracias por respetar el dolor de nuestra familia…”
Familiares de ambas maestras han coincidido en el reclamo: justicia y una sanción ejemplar para el responsable. Sin embargo, la condición de menor de edad del agresor ha generado incertidumbre e indignación entre los deudos; temen que la ley no alcance para castigar la magnitud del daño.